Sin pena ni gloria pasó por la gran pantalla esta pequeña ilustración en movimiento sobre el inconformismo social de una mujer que, aún sintiéndose orgullosa de serlo, reivindica el derecho de la mujer a ocupar un lugar meritorio en nuestra sociedad; todo ello en un entorno hostil hacia su visión de lo femenino, en el que las chicas de brillante expediente no aspiran más allá que ser unas buenas amas de casa en los años cincuenta de los EEUU. Del año 2003 y de Mike Newell, la Sonrisa de Mona Lisa es, como no podía ser de otra manera, la de la escorpio Julia Roberts, grande dónde las haya para un rol que, no siendo de sus mejores mujeres, enternece, conmueve y se te pega en los 117 minutos de metraje.
El conformismo social. ¿Hasta qué punto aceptamos el mundo tal y como nos presenta y concedemos a los medios de comunicación una veracidad tal que no cuestionamos aquello que se nos muestra? ¿Hasta qué punto nos preguntamos si eso que se nos dice o se nos cuenta es real o fruto de la interpretación, elucubración, contextualización, manipulación, intencionadas o bienintencionadas? ¿En qué manera adquirimos el conocimiento y pasa a formar parte de nuestro acerbo intelectual como si de una extensión de nuestros brazos se tratara?
Ayer conocimos que el Museo del Prado, milagro, había encontrado tras su restauración una pintura que -afirman- se pintó al mismo tiempo que La Gioconda de Leonardo y en su mismo taller. De esta manera y gracias a estudios sobre los pigmentos de la pintura, espectrografías del color e incluso la composición de la madera del marco (nogal), era de manera indubitada una copia del original que, al parecer dicen los expertos, hizo un ayudante de su taller en los tiempos en los que Leonardo componía su obra maestra.
El conformismo televisivo e intelectual me llevó a asombrame de cómo la ciencia química que emplean los restauradores sirvió a los historiadores de la cosa para construir una bonita historia que hiciera más atractivos unos resultados de unos análisis espectrográficos. Quedé prendado y tragué un cuento que en mi imaginación renacentista ideé un hermoso estudio del seicento en el que el maestro Leonardo pintaba su Mona Lisa y al lado, como un aprendiz con ganas de éxito, un tal Juliano copiaba -no con el genio fiorentino claro- lo que el maestro le mostraba.
Pero en esto, mis ojos se posaron en El Cisne Negro y desarmó la teoría de la narratividad de un plumazo. A saber: que no podemos determinar lo que se nos cuenta partiendo de conclusiones de unos estudios técnicos. Esa, me temo, no sólo es la cojera de la arqueología, sino de otras muchas ciencias que, aspirando a serlo, hacen de la técnica conocimiento del saber y no, en realidad lo que son: del cómo lo hago.
La Historia, por mucho que yo tenga un reluciente título de la cosa, se arma gracias a unos datos que rescatamos del pasado y es mediante esos datos como construimos una narratología de la Historia. El problema está en que no conocemos los "no datos" ocurrió y despreciamos (como si no hubieran existido) muchos hechos que quizá o no contribuyeran mucho más a lo contado que lo que sí sabemos. Los despreciamos por que al desconocerlos no hacen la Historia que es, mucho me temo, una mera conveción aceptada como norma por los propios historiadores. Un sólo dato conocido en el futuro puede hacer cambiar miles de creencias que fueron dogma en su tiempo. Todos los cisnes son blancos.
El conformismo nos lleva a aceptar "verdades" por que parecen venir de personas expertas y doctas en la materia, cuando en realidad, por mucho que la ciencia determine que la otra Gioconda tiene el mismo pigmento, época, y que su tabla es de las mismas hechuras que la de Loenardo, no se puede concluir que esa Gioconda se pintó junto a la de Leonardo, y para rizar el cuentillo, en su mismo estudio. Ni hay prueba documental que lo certifique, ni hay testimonio alguno que lo crrobore; y aún habiéndolo también se han demostrado falsos otros escritos pasados a los que se les concedió verosimilitud.
Los datos hacen Historia, el mal está en su interpretación. Los no datos no lo son pues no los conocemos, pero no quiere decir que no lo fueran; la sabiduría es saber reconocer los límites de nuestro conocimiento.






