viernes, 3 de febrero de 2012

LA SONRISA DE MONA LISA

Sin pena ni gloria pasó por la gran pantalla esta pequeña ilustración en movimiento sobre el inconformismo social de una mujer que, aún sintiéndose orgullosa de serlo, reivindica el derecho de la mujer a ocupar un lugar meritorio en nuestra sociedad; todo ello en un entorno hostil hacia su visión de lo femenino, en el que las chicas de brillante expediente no aspiran más allá que ser unas buenas amas de casa en los años cincuenta de los EEUU. Del año 2003 y de Mike Newell, la Sonrisa de Mona Lisa es, como no podía ser de otra manera, la de la escorpio Julia Roberts, grande dónde las haya para un rol que, no siendo de sus mejores mujeres, enternece, conmueve y se te pega en los 117 minutos de metraje.

El conformismo social. ¿Hasta qué punto aceptamos el mundo tal y como nos presenta y concedemos a los medios de comunicación una veracidad tal que no cuestionamos aquello que se nos muestra? ¿Hasta qué punto nos preguntamos si eso que se nos dice o se nos cuenta es real o fruto de la interpretación, elucubración, contextualización, manipulación, intencionadas o bienintencionadas? ¿En qué manera adquirimos el conocimiento y pasa a formar parte de nuestro acerbo intelectual como si de una extensión de nuestros brazos se tratara?

Ayer conocimos que el Museo del Prado, milagro, había encontrado tras su restauración una pintura que -afirman- se pintó al mismo tiempo que La Gioconda de Leonardo y en su mismo taller. De esta manera y gracias a estudios sobre los pigmentos de la pintura, espectrografías del color e incluso la composición de la madera del marco (nogal), era de manera indubitada una copia del original que, al parecer dicen los expertos, hizo un ayudante de su taller en los tiempos en los que Leonardo componía su obra maestra.

El conformismo televisivo e intelectual me llevó a asombrame de cómo la ciencia química que emplean los restauradores sirvió a los historiadores de la cosa para construir una bonita historia que hiciera más atractivos unos resultados de unos análisis espectrográficos. Quedé prendado y tragué un cuento que en mi imaginación renacentista ideé un hermoso estudio del seicento en el que el maestro Leonardo pintaba su Mona Lisa y al lado, como un aprendiz con ganas de éxito, un tal Juliano copiaba -no con el genio fiorentino claro- lo que el maestro le mostraba.

Pero en esto, mis ojos se posaron en El Cisne Negro y desarmó la teoría de la narratividad de un plumazo. A saber: que no podemos determinar lo que se nos cuenta partiendo de conclusiones de unos estudios técnicos. Esa, me temo, no sólo es la cojera de la arqueología, sino de otras muchas ciencias que, aspirando a serlo, hacen de la técnica conocimiento del saber y no, en realidad lo que son: del cómo lo hago.

La Historia, por mucho que yo tenga un reluciente título de la cosa, se arma gracias a unos datos que rescatamos del pasado y es mediante esos datos como construimos una narratología de la Historia. El problema está en que no conocemos los "no datos" ocurrió y despreciamos (como si no hubieran existido) muchos hechos que quizá o no contribuyeran mucho más a lo contado que lo que sí sabemos. Los despreciamos por que al desconocerlos no hacen la Historia que es, mucho me temo, una mera conveción aceptada como norma por los propios historiadores. Un sólo dato conocido en el futuro puede hacer cambiar miles de creencias que fueron dogma en su tiempo. Todos los cisnes son blancos.

El conformismo nos lleva a aceptar "verdades" por que parecen venir de personas expertas y doctas en la materia, cuando en realidad, por mucho que la ciencia determine que la otra Gioconda tiene el mismo pigmento, época, y que su tabla es de las mismas hechuras que la de Loenardo, no se puede concluir que esa Gioconda se pintó junto a la de Leonardo, y para rizar el cuentillo, en su mismo estudio. Ni hay prueba documental que lo certifique, ni hay testimonio alguno que lo crrobore; y aún habiéndolo también se han demostrado falsos otros escritos pasados a los que se les concedió verosimilitud.

Los datos hacen Historia, el mal está en su interpretación. Los no datos no lo son pues no los conocemos, pero no quiere decir que no lo fueran; la sabiduría es saber reconocer los límites de nuestro conocimiento.

lunes, 2 de mayo de 2011

DETRÁS DE LA NOTICIA (THE PAPER)

¿Qué lleva a la gestora de un periódico a no detener la producción del diario a pesar de que tiene entre sus manos una exclusiva? El dinero. Un medio de comunicación es caro. Un periódico es costosísimo. Los ingresos son publicidad claro, venta al número que también y la fidelización con el espectador es una larga marcha configurada con el paso de los años y fundamentada en la profesionalidad que los lectores-clientes "huelen tras sus páginas". Puede haber -y de hecho hay- afinidad ideológica con los argumentos que el diario propugna, pero si no hay calidad en su sintagsis, en su temática, en su tratamiento, así sea un periódico incorruptible con el ideario de su target sin un buen hacer periodístico nada existirá.




Alicia (Glenn Close) alarga la tirada todo lo que puede pero es al final el criterio dinerario el que le obliga a seguir con la producción. Michael Keaton (un demasiado ideal de lo que debería ser el periodismo) sigue en sus trece de publicar lo que ocurrió por encima de lo que supondría detener la impresión del diario, cambiar los titulares y empezar de nuevo. En un film de Ron Howard de 1994, The Paper (el Periódico) Detrás de la Noticia, nos destripa un día en la vida de un diario sensacionalista, The Sun of New York en el que un Robert Duvall hace las veces de maestro de ceremonias, de director del Diario.




Yo conozco un diario que también cambia las portadas y sus titulares. Me gustaría decir que lo hace por que ha econtrado una exclusiva, una historia de esas que burbujean el alma y hacen que te sientas orgulloso de la profesión. Me gustaría decir que la prensa escrita camina por la senda de la excelencia, y me gustaría decir que mi profesión sigue teniendo un atractivo suficiente como para estar ejerciéndola hasta la jubilación.




No me escondo, ya lo sabeis. Soy de centro izquierda. De una izquierda moderada claro, pero no guardo bajo mi cama la bandera de la objetividad periodística que ni ha existido nunca ni existirá jamás. Eso, sin embargo, no significa que mi opinión sea la de un talibán que es capaz de ocultar las tropelías o bandidajes en defensa de un gobierno cualquiera. Las ideas y la profesión están por encima de todo y las corruptelas, desmanes y errores, cuando lo sean, se deben criticar más allá de las siglas de un partido.




En coherencia, por mi propia honradez y por la de quién me escuche, no guardo ni esconderé mi ideología. Me siento orgulloso de ella, y por la misma razón siento orgullo de trabajar con otros periodistas que, no estando en mi misma órbita de pensamiento, se manifiestan sin tapujos ante sus oyentes, lectores o televidentes; no esconden lo que son, no enarbolan la objetividad del periodismo y se nos enseñan sin caretas. Les admiro, aprendo de ellos y más allá de las discusiones catódicas, mantengo -que para mi es lo más importante- una relación cordial en lo personal y en lo profesional. Mi ideología no la llevo al terreno personal.




Sin embargo yo conozco un diario que cambia sus titulares y sus contenidos cuando estos le molestan a un Presidente. Y no es una elucubración, ni un rumor. Puedo entender que un gestor necesita tener números azules para presentar a sus accionistas, y entiendo y defiendo que cada medio -faltaría más- tiene una linea editorial concreta y determinada que es su filosofía y sirve a sus lectores de guía con la que identificarse. Pero cuando un periódico sobrevive del dinero público, la calidad de sus informaciones se mide por las pajas mentales de sus profesionales (cuando no mentiras que jamás rectifican), y son capaces de cambiar la portada por que el Señor que les paga está a disgusto, la línea editorial se convierte en esclavismo, en un pesebre, en un vivir del dinero de todos los contribuyentes. Ya no comes de tu calidad, sino de tu servidumbre.




Puedo entenderlo, pues de ese dinero dependen muchas familias. Puedo comprenderlo pues jamás me he visto en esa situación. Tuve un profesor de BATASUNA que escribía en un diario "VIVA FRANCO" así que nadie es quien para criticar a nadie. Lo que ya no es comprensible, por amoral, por indignante para alguien que se llame periodista es engañar a tu público, a tus compañeros, a tu familia, a ti mismo, presentándote ante la sociedad como diario de referencia, independiente o imparcial, cuando cambias los titulares del diario a cambio de dinero público que otorga enmascarado bajo "convenios de colaboración" la Voz de tu Amo.



Yo no soy objetivo. No me escondo y nunca lo haré. Intento ser honrado y no mentir jamás en lo que diga o escriba. La mentira es mi límite, el resto es mi opinión que, como ser subjetivo que soy, es la que es y tengo derecho a tenerla; presentarme por ello como un periodista objetivo sería un insulto a mi mismo y a la audiencia. Pero jamás aceptaré la injerencia, el que me digan lo que tengo que decir o usar argumentarios de partido para defender mis ideas. Son mías de nadie más, que sean los ciudadanos los que escojan.


sábado, 30 de abril de 2011

EL MAGO DE OZ


Una mujer muy adinerada, de esas cuyas cuentas corrientes abruman pero que parece no poseer bien alguno, me contaba que los dos recuerdos más gratos de su niñez fueron la primera vez que saboreó un bombón helado allá por los años treinta y cuando asistió en el cine a la proyección del Mago de OZ. No estaban acostumbrados al Technicolor claro y cuando Dorothy "aterriza" en ese mundo mágico el glorioso blanco negro muere en manos del arcoiris. La muchedumbre, al contemplar aquel prodigio de la técnica, prorrumpió en aplausos. Debió ser emocionante.




Emocionante fue también verla pro vez primera. Basada en los catorce cuentos que Frank L. Baum escribió sobre el mundo de Oz, Víctor Fleming dirigió en 1939 a una Judy Garland que, además de traer a este mundo a Liza Minelli, acabó depresiva y atrapada en el mundo de las drogas.




Hablemos de cuestiones un poco más alegres. De hadas; pues ellas, con su varita mágica, nos conceden todos los deseos que anhleamos. Varitas mágicas como la de Glenda, el Hada del Norte que girando su batuta, diciendo aquello de "There´s no place like home" y ordenando a Dorothy que golpee tres veces los tacones de sus chapines de rubíes, otorgará a la niña soñadora regresar a su amada Kansas.´




O como el Hada de la Confianza, esa Hada milagrosa que agitando su varita devolverá a los países en crisis a la senda de la recuperación económica. Para ello hay que cortejarla, piropearla y seducirla con recortes del gasto público, del sistema de pensiones, de reformas estructurales del mercado laboral y con una plabra "sacrificio", con un sintagma "medidas impopulares" y con otro no menos atractivo para ella -competitividad- que le provocará tal orgasmo que inundará nuestros mercados de un excitante crédito que, sin duda -dicen los astroeconomistas- nos traerá de nuevo la dicha, la felicidad y el consumo exacerbado.



Y así, como quiera que Glenda es una señora dadivosa, nos regalará años de puestos de trabajo por doquier, relanzamiento de una depauperada clase media y vacaciones en Roma.




Lo que ocurre es que una vez más, esa pobre CERDA llamada Irlanda, conocida no hace mucho tiempo como el Tigre Celta por la fortaleza de su crecimiento económico, trató de seducir al Hada de la Confianza con sus propias armas de seducción. Bajó los salarios a los funcionarios un 15%, aumentó los impuestos, aplicó una serie de recortes sociales que, por lógica, por aplastante opinión de los expertos liberales estadounidenses que pusieron a Irlanda frente a Obama como ejemplo (antes de CERDA ahora de milagro fiscal) de reducir el gasto público y el déficit, iban a reencauzar al país por la senda de la confianza y como lógica aplicación de sus teorías, al crecimiento y luna regeración de la tasa de desempleo hoy situada en el 13,5%. De poco le sirvieron esos galanteos. Acabó intervenida por el FMI.




Ocurre que, uno de sus convencidos, el tahcheriano Cameron, al parecer ya había visitado en su alcoba a Glenda y sabía perfectamente cómo volver a conquistar al Hada de la Confianza que Gran Bretaña tanto desea. Hizo recortes a troche y moche y para dar ejemplo, su ejemplo populista y simplón, ordenó a sus altos cargos a viajar en transporte público. Nada, que no crece, que el Hada está en una época de inapetencia y no parece sentirse atraida por un país que vive a base de transacciones financieras.




Ocurre que, espoleados por los halcones del déficit, Obama, que a pesar de tener el mandato de gobernar prefiere atraerse a los republicanos con aquello del talante, bajará los impuestos a los más ricos (esa tonta idea de más dinero liberado, más dinero para generar riqueza), recortará el MEDICARE y el MEDICAID etc etc en un país que no genera empleo o lo hace de manera ridícula, con una tasa del 9% (en Detroit del 30%) y una economía de facto en manos de los chinos, poseedores de la inmesa deuda pública de los hijos de Hoover.




A mi no me gustan las Hadas y menos aún la de la confianza. Ya saben, España necesita confianza, nos cargamos a ZP, ponemos a Rajoy y el Hada volverá otra vez a tocarnos con su varita mágica. No me gustan las Hadas, prefiero las brujas, las malas, las que van de cara y no se esconden. Son pérfidas y lo sabemos, no juegan a darnos un mundo de colores y belleza sino que nos dicen las cosas como son.




Por eso, por que crecí con ella, por que me abrió los ojos y me imbuyó del a filosofía del racionalismo escéptico, hace tiempo que prefiero las palabras y mala baba de la Bruja Avería, que la candidez de Glenda el Hada del Norte. La Bruja del Norte.




"Siempre has podido volver a Kansas, sólo tenías que desearlo" le dice a Dorothy, ¿y por qué no se lo dijiste antes? me preguntó.




VIVA EL MAL, VIVA EL CAPITAL.



jueves, 28 de abril de 2011

EL DILEMA

No. Yo no soy objetivo. Ni lo he sido nunca ni nunca he aspirado a serlo. La objetividad es al periodismo lo que un liberal a las teorías keynesianas. Un profesor, de nombre Florencio Martínez Aguinagalde, con mal carácter, culto, buena cabeza y de verbo afilado pero rayano en la grosería, me metió en la cabeza que los plumillas no pueden ser objetivos por cuanto son sujetos que participan en el análisis de los hechos, y por lo tanto son tan subjetivos como las opiniones de Standar´s and Poors. Así es.


En televisión escojo un plano, un verbo, una música, una manera de estructurar la noticia, unos datos sobre otros, un contexto, una sintaxis y discrimino unos hechos sobre otros, y esto es manipular, entendida no como una manera de ocultar, sino como una forma de actuar dentro de la información servida. Una cosa es la objetividad y otra la mentira. Mentir al espectador en cuanto a datos o sobre hechos no acaecidos o sobre sucesos ocurridos pero que no sucedieron de esta manera, significa traicionar los valores del periodismo, pero ofrecer una visión del mundo desde una perspectiva de izquierdas es simplemente no renunciar a la subjetividad que, como sujeto activo de los acontecimientos, no puedo ni deseo apartar.


Jamás me he escondido. Trato de ser lo más honrado posible y presentarme ante la audiencia como periodista con ideas de centro izquierda, pues lo contrario, afirmar rotundo que enarbolo la bandera de la independencia y la imparcialidad, sería traicionarme a mi mismo y mentir a quienes me escuchan. Tengo derecho a ello y a estar comprometido y difundir unas ideas, con un pensamiento, y con corrientes de teoría filosófica, teoría política del Estado y de la económica que considero más justas, más necesarias, más utilitarias, más igualitarias y libertarias con el mundo en el que deseo vivir.


En cambio otros, al albur del dinero público, a sabiendas de que su periódico sapo, su radio sapo o su televisión sapo no sobreviviría sin el dinero que le da tal o cual Gobierno, hablan de idendependencia e imparcialidad mientras ponen el cazo para llevarse los fondos. Ni son honrados con la profesión, ni con ellos mismos y menos aún con el público al que dicen informar.


Al contrario que otros, jamás califico a nadie de facha, conservador, de derechas, rancio o fascista por difundir las ideas que consideran más justas y convenientes para su visión del mundo, pues con respeto, sin imposiciones ni mala educación, todas las ideas tienen cabida y son tan respetables como la de los demás. El problema está en que sus ideas, tan válidas como las mías, las tiñen bajo un manto de idenpendencia e imparcialidad que no es tal y es ahí en dónde su credibilidad, al menos para mi, se pierde por el desague.


La credibilidad de un profesional no deviene de la objetividad, que no es tal ni existe, sino de su honradez de no ocultar a su audiencia, sus oyentes o sus lectores su filiación ideológica en lo político, en lo económico, en lo social e incluso en lo cultural; de no ocultar que, con todo su derecho, sus ideas están influenciadas, deliciosamente influenciadas, por un contexto socio-cultural en el que el sujeto activo que es el periodista nació, creció y maduró.


En El Dilema, The Insider, una bella cinta de 1999, se nos expone lo que le ocurrió al programa 60 Minutos de la CBS cuando trató de emitir un reportaje sobre la adicción manipulada por las tabaqueras en los componentes del tabaco. Al vetarse el reportaje, el productor del programa anunció su dimisión y se marchó a su casa. Fue honrado con él mismo y con su audiencia. La CBS quebró su propia linea editorial y dejó por lo tanto de ser honrada con su propia audiencia. Es como si habiendo sido toda la vida un baluarte de las ideas demócratas en los Estados Unidos, de repente, para sorpresa de su público, se transformara en ariete republicano.


La credibilidad no reside en mis palabras sino en decirle a la audiencia quién soy y la manera en la que respiro. Que elijan ellos si desean escucharme o no.

lunes, 18 de abril de 2011

RUMORES Y MENTIRAS

Nathaniel Hawthorne en 1850 escribió La Letra Escarlata. En 1995 Roland Joffé con Demi Moore, Gary Oldman y Robert Duvall la llevó al cine. En 2010 Will Gluck volvió a probar suerte con este clásico de la literatura norteamericana pero reconstruyendo la historia en el ámbito universitario. La culpa, la dignidad, los remordimientos, los rumores y mentiras, tan humanos como el miedo o el amor, cosen un relato tan moderno como descorazonador...de todas formas ninguna de las dos películas está a a la altura de Hawthorne. "Rumores y mentiras" se transforma en un espectáculo lamentable de sexo, drogas y el siempre libidinoso mundo académico norteamericano reflejado en estos filmes destinados a levantar el ánimo sexual del espectador más que a contar una historia.


...rumores, especulaciones no confirmadas que se intentan dar por ciertas con un objetivo determinado.


Veamos. Hace tres años en 2008 un señor, periodista, que se dedica a esto de la astroeconomía (ciencia que mezcla los números catedráticos con la futurología), se le ocurrió con una chispa cervecera (hay que beber para trabajar en el Financial Times) un acrónimo realmente divertido. PIGS. Portugal, Italia, Grecia, y España. Con él este humorista de los números venía a decir que la economía de estos países era poco menos que basurilla internacional en la que había que desinvertir, tener cuidado, poner la pasta a buen recaudo y salir de ellos a todo correr pues tarde otemprano dejarían de pagar. A su pequeño corro de zorras licenciadas en el arte de escribir noticias, cuando el crédito se secó debido a que un chico de Arizona dejó de pagar su hipoteca, corrieron rápidas esas tres chicas que se lo pasan en grande calificando quién es la mujer o el hombre más honrados que existen. MSF comenzaron, por que ya no tenían otra cosa que hacer, a rebajar su calificación a los PIGS. Ahora no, ahora sí que no, la otrora ejemplo "del capitalismo feliz" (España), el Tigre Celta, el poderoso país Irlandés de los sueños y el crecimieno, era ahora la más puta de Europa, que debía a diestro y siniestro y sería incapaz de devolverme la pasta.


Pero...¿cómo? ¿por qué? ¿Qué ocurrió para que la próspera Irlanda se transformara en una peligrosa concubina de la que era mejor deshacerse? Nada. Pues lo que fue bueno ya no lo era, pero lo que bueno entonces ¿lo era realmente? Eso no importa. Lo que importa es que la cosa funciona cuando a mi me interesa que funcione. Cuando el crédito fluye como un torrente de agua se le da a todo lo que se mueve sin importar las garantías de devolución, pero cuando las cosas se tuercen, el que era un respetable hombre de negocios es ahora un peligroso deudor al que mejor no darle ni un euro.


Pues señores y señoras no hay misterio. Rodeada de un manto de santidad, de conocimiento, y prestigio, la economía es en realidad tan sumamente sencilla como la tabla del dos. Cuando algo se sustenta sobre algo llamado "confianza", cuando esta se quiebra se rompe todo el sistema. Así que esa ciencia que todo lo puede y todo lo hace se mueve por profecías autocumplidas. Da igual si es cierto o no, si mis informaciones o mis apreciaciones están basadas en hechos perfectamente verificables. Lo que importa es que yo, gran gurú de la economía que escribo en el Financial Times, en el The Economist o en el Wall Street Jornal, digo que los PIGS son cerdos y el dinero que antes les di a manos llenas no me lo van a devolver y les digo a mis lectores que huyan como ratas, y que poco importan los derechos sociales de 400 millones de europeos, que ya no les doy más.


Así que cuidado por que tú, mujer u hombre honrados, como quiera que tu vecina se dedique a decir que tienes una pequeña afición por la bebida, en manos de estos gurús de la futurología, te convertirás en la borracha del vecindario, de la misma manera que mi amada Irlanda, el Tigre Celta, se convirtió en la CERDA de Europa, un calificativo que, en manos de estos bandidos, puede que le acabe salpicando a España.

jueves, 7 de abril de 2011

EL HOMBRE DEL TRAJE BLANCO

¿Qué es la obsolescencia programada? Se llama así a la planificación o programación del fin de la vida útil de un producto o servicio de modo que este se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible tras un período de tiempo calculado de antemano, por el fabricante o empresa de servicios, durante la fase de diseño de dicho producto o servicio. Todo ello obliga al consumidor a que adquiera otro producto nuevamente.


¿Que ocurriría si alguien inventara un material indestructible? Un material que durara eternamente de tal manera que los componentes de un televisor, una lavadora o un ordenador no se deterioraran jamás y pudiéramos disfrutar de los objetos el resto de nuestra vida sin tener que pagar por uno nuevo. Pues, evidentemente, estaríamos hablando del fin del capitalismo.


Pues carecería de sentido un mecanismo de consumo constante y perpetuo. La adquisión de un bien estaría determinada, por el número de habitantes del planeta y su capacidad de gasto por cada miembro de la unidad familiar. Sólo uno por cabeza y por objeto y que como máximo sólo podríamos producir en función de la población existente y no en el clásico juego de la oferta y la demanda.


El capitalismo es consumo. Es un gigantesco mercado en el que las empresas-países compiten en colocar sus productos entre ellos. Si ese consumo se resiente, aquirido a crédito o en ahorro, el capitalismo se congela, pues aunque hayamos evolucionado asimismo a un mercado de capitales, de financiarización de la economía en detrimento de la economía productiva (invertir en empresas y no hacer dinero del prestar dinero), esa financiarización tiene como destino último la economía productiva (o debería).


En 1951 Sidney Stratton (Alec Guinness), un joven químico de una empresa textil, inventa una fibra, un hilo, con el que se hace un traje indestructible, al que no le afectan las manchas, y ni siquiera se moja con el agua pues la repele. Su descubrimiento revoluciona la industria y todos quieren hacerse con su nuevo descubrimiento y le ofrecen cifras millonarias hasta que...hasta que alguien se da cuenta de que si no se puede destruir, es decir, si se rompe el círculo de la "obsolescencia programada", no sólo con fabricar uno o varios para toda la vida ya no venderán más trajes, sino que los puestos de trabajo ocupados se destruirían; sólo tendrían sentido para hacer el número de piezas de un mercado limitado al número de habitantes, por mucho que acada habitante adquiriera siete.


"En el Hombre del Traje Blanco" entendemos a la perfección que si la rueda gira, si se sigue consumiendo y consumiendo infinitamente, el capitalismo feliz llena nuestras vidas, todos nos beneficiamos, unos más que otros, pero al final me queda la sensación de estar formando parte de un gigantesco engaño, en el que el dinero es deuda perpetua, esclavitud medieval si se me aprieta, pues la libertad, el exceso de libertad puede conducir a la tiranía. En la Baja y ALta Edad Media, le debíamos rendir cuentas a los señores feudales, en la tercera edad media le rendimos cuentas a los bancos.


¿Seguirá girando la rueda o caminamos hacia el posmaterialismo? No lo sé. No puedo predecir el futuro, pero ¿a quién no le gustaría tener ese traje blanco?

miércoles, 6 de abril de 2011

FUERA DE CARTA

Todos los viernes en el plató de VEO 7, a unos seis metros de distancia física y unos mil quinientos de distancia ideológica, el economisma Roberto Centeno desgrana en mis barbas los males y catástrofes que se le vienen a la economía española. Todos los días y en La Carta de la Bolsa (puntocom) el economista (y astrólogo) Santiago Niño Becerra desgrana los males y catástrofes que nos han venido por crecer como hemos crecido y que en cambio no podíamos haber hecho de otra forma.


Roberto Centeno es como un cheff de alta cocina, suculento, preparado, un hombre que -a pesar de lo que nos separa- se aprende mucho de su sabiduría económica pero que, como buen economista, me explica "loquetodosyasabemos" entreverado en un guión de Aeropuerto 76: catastrofista. Sus recetas para salir de la crisis son las ya conocidas; nada nuevo bajo la lluvia en una concepción ultraliberal de cómo la economía debe resurgir mediante recortes del gasto de las administraciones (y ahí tiene razón), los dispendios de los altos cargos, las televisiones autonómicas...


...y en cambio Santiago Niño Becerra -denostado en sus opiniones por dominar la astrología- nos prepara unos huevos con chorizo, tortilla de patatas y una española ensaladilla rusa, sin condimentos venidos de Asia ni exquisiteces a la francesa que son mucho más apetitosos y fáciles de digerir.


Por que en esta historia se olvida la deuda privada. Esa que ha provocado que millones de españoles se endeuden a crédito y a 30 años para adquirir una vivienda y otra más en la costa o zona de veraneo, y un coche, y dos hijos con un sueldo o dos de escaso valor añadido. Por que en esta Historia mientras Centeno me larga sobre déficits públicos, Niño Becerra se me descuelga con una joya sobre la evolución del menú del día (el de los currantes de ciudad) y la evolución del salario medio. Por que Santiago Niño me habla, al igual que Javier Cámara en esta deliciosa comedia de Nacho Velilla de 2008, de que los restaurantes de menú del día, los de toda la vida se están quedando fuera (de carta) y del negocio por que mientras los salarios crecieron una media de 32%, los menús que hace no mucho estaban a mil pesetas, hoy en día los tenemos a una media de entre 10 y 12 euros.


Pero ya saben, los precios suben mucho más, alguien se lleva ese beneficio claro, mientras que los salarios (y gracias) sólo crecieron (y por obligación) con el IPC. Mientras tanto, los grandes gurús nos seguirán diciendo que la moderación salarial es la mejor herramienta para que no se dispare la inflación, pues si lo hace, el BCE, halcón vigilante del IPC al 2%, nos subirá el tipo de interés.


Santiago Niño, un maestro de los fogones, no nos habla de grandes medidas para salir de esta, se centra en lo cotidiano, nos pide que ahorremos, que no nos endeudemos más y lo más importante, no cree que con un gobierno u otro esto se arregle. Es sistémico afirma, el capitalismo no podía seguir creciendo como lo ha hecho si no es a base de endeudamiento masivo en crédito e hiperconsumismo; y Niño Becerra es filosófico, de maneras de vivir y de crecer, de una manera de entender la economía basada en lo humano y no en el mercado.


Le critican por ser asimismo un buen conocedor de la astrología (yo soy escorpio de ascedente escorpio) pero al fin y al cabo, los otros también lo son (y muy malos) pues se empeñan en predecir lo impredecible; pero a buen seguro que el ciudadano de a pie, sabe identificar que los precios de la hostelería, bares y restaurantes en general, si bien se mantuvieron en el primer año del euro en España (acordaos de la familia Martínez y el redondeo), un café pasó de 100 pesetas a 1 euro, pero un sueldo no pasó de cien mil a ciento sesenta y seis mil.


Es astrólogo y economista, cocinero de buenas recetas de lo cotidiano, y quizá, como buen experto en lo económico, abusa de predecir lo que ocurrirá (Keynes les advirtió de este peligro, pero se empreñan en predecir). En cambio todos los días prefiero degustar su menú, el de seis euros, antes que alimentarme de la alta cocina de expertos y gurmets que pronostican bajo su sesuda experiencia las siete plagas de egipto.